La gastronomía ya no es un simple aperitivo: los festivales la convierten en protagonista de la experiencia
Durante mucho tiempo, comer en un festival era una cuestión de supervivencia: encontrar algo rápido, barato y que pudiera comerse de pie mientras sonaba la siguiente banda. Esa imagen ha quedado atrás. Hoy, una parte importante de los grandes eventos musicales y culturales ha decidido que la comida también forma parte del relato, del ambiente y de la identidad del propio festival. Ya no se trata solo de llenar el estómago, sino de ofrecer una experiencia que amplíe la propuesta artística y conecte con el público de una manera más profunda.
Tres citas españolas demuestran esta transformación desde perspectivas muy distintas: el Rototom Sunsplash, que apuesta por un recorrido mundial por diversas cocinas; el Sonorama Ribera, que utiliza la gastronomía local como tarjeta de presentación del territorio; y la Semana Renacentista de Medina del Campo, que reparte su oferta gastronómica por toda la localidad para dinamizar el comercio y la hostelería. Son tres modelos diferentes para un mismo objetivo: que la comida deje de ser un servicio auxiliar y pase a formar parte de la programación.
Rototom Sunsplash: un viaje por el mundo a través de sus sabores
La próxima edición del Rototom Sunsplash volverá a reunir en Benicàssim a miles de personas amantes del reggae y de la cultura jamaicana. La fiesta de bienvenida tendrá lugar el 16 de agosto, mientras que la programación principal se desarrollará entre el 17 y el 22 del mismo mes. En su última edición, el festival congregó a 218.000 asistentes procedentes de un centenar de nacionalidades, lo que convierte al recinto en un auténtico crisol cultural que también se refleja en la oferta gastronómica.
La guía de este año recoge más de veinte propuestas de comida dentro del espacio, y las crónicas del evento hablan de un recorrido que supera los 25 puestos. La variedad es asombrosa y representa a numerosos países:
- Cocina jamaicana, con el clásico pollo jerk, directamente vinculado a la cultura que dio origen al reggae.
- Platos de la India, como pollo tikka masala, korma o chana masala, inspirados en la región de Uttarakhand.
- Gastronomía de África occidental, con especialidades como el mafé senegalés.
- Parrilla argentina, con chorizo criollo, ternera y chimichurri.
- Propuestas de Japón, Tailandia, Italia y diferentes opciones de cafetería, heladería y bebidas.
La comida no está puesta ahí como un simple adorno. Cada plato prolonga la mezcla cultural que ya existe sobre los escenarios y ayuda a contar la historia de los pueblos que protagonizan el cartel. Para quien quiera profundizar en estas tradiciones culinarias, existen excelentes libros de recetas jamaicanas que permiten recrear el alma del pollo jerk en casa.
Detalles como las pizzas elaboradas en horno de leña, los helados artesanos, los zumos de caña, los mojitos, el café de especialidad, el té matcha o la horchata valenciana completan una oferta pensada para todos los gustos. Además, la presencia de alternativas veganas, vegetarianas y sin gluten ha dejado de ser testimonial para convertirse en una sección consolidada dentro de la propuesta gastronómica del festival.
El área Pachamama añade una capa más de significado, con actividades centradas en la agroecología, las plantas silvestres comestibles y la relación entre alimentación, medio ambiente y comunidad. Comer, en este contexto, se convierte en otra manera de expresar la identidad cultural del evento.
Sonorama Ribera: el sabor del territorio como identidad
El Sonorama Ribera, celebrado en Aranda de Duero, ha demostrado que no hace falta viajar por el mundo para ofrecer una propuesta gastronómica potente. A pocos kilómetros del recinto existe una identidad culinaria y vinícola muy reconocible, y el festival la ha utilizado como seña de identidad propia.
El nombre del festival lleva años vinculado a la Ribera del Duero, y su programación diurna ha incluido catas de vino y visitas a bodegas. Este año, además, el cocinero Rubén Fenollar participó con un showcooking en el que preparó una paella de cerdo con costilla, longaniza fresca, fruta y queso de Burgos. Una receta que resume a la perfección la esencia de la cocina local.
La Ruta del Vino Ribera del Duero ha aprovechado la celebración del festival para lanzar un mensaje que se ha convertido en el lema oficioso del evento: «Ven por la música, vuelve por la Ribera». La idea es sencilla y poderosa: que alguien llegue atraído por un grupo musical y termine descubriendo el vino, la gastronomía, el patrimonio y el paisaje de la zona. Y que ese descubrimiento sirva para provocar una nueva visita cuando los escenarios ya se hayan desmontado.
Para los territorios, los grandes festivales representan un escaparate extraordinario. Durante unos días, decenas de miles de personas se concentran en un mismo espacio y la gastronomía permite enseñar algo que el visitante puede volver a buscar más adelante: producto local, restaurantes, bodegas, recetas y tradiciones. Para profundizar en este tipo de cocina, una buena opción es consultar un recetario de cocina castellana y descubrir los platos que inspiran esta línea gastronómica.
La Semana Renacentista de Medina del Campo: la ciudad como escenario gastronómico
La Semana Renacentista de Medina del Campo representa un tercer modelo, quizá el más diferente de todos. Su programa gastronómico no se concentra en un recinto cerrado, sino que recorre la localidad e invita al visitante a descubrir el municipio a través de sus bares y restaurantes.
Entre el 13 y el 16 de agosto, una ruta reúne a 16 establecimientos que ofrecen tapas preparadas expresamente para la ocasión, con un precio máximo recomendado de tres euros. Paralelamente funciona el Correcopas, una iniciativa que propone combinados, gin-tonics, alternativas sin alcohol y cócteles tematizados. La lista de participantes incluye bares, cafeterías, restaurantes e incluso una churrería.
Esta propuesta cambia por completo la relación entre la fiesta y la hostelería local. El visitante no compra una tapa simplemente porque tenga hambre; la propia ruta se convierte en una actividad que obliga a moverse, a entrar en distintos establecimientos y a recorrer otras zonas de la localidad que de otro modo pasarían desapercibidas.
Para la hostelería local, esta iniciativa supone una oportunidad única de participar directamente en uno de los momentos con mayor afluencia turística del año. El evento deja de estar encerrado en sus representaciones históricas, sus desfiles o su mercado renacentista y se introduce también en las barras y las cocinas del municipio.
Este enfoque convierte a cada bar en una pequeña embajada de la cultura local. La tapa deja de ser un simple bocado para transformarse en una experiencia que combina historia, tradición y sabor. Si se quiere disfrutar de una experiencia similar en casa, preparar unas tapas con un buen libro de recetas de tapas españolas puede ser una manera estupenda de recrear el espíritu del evento.
De la comida de trámite a la experiencia gastronómica
El denominador común de estos tres ejemplos es evidente: durante años, la comida de festival respondió a una necesidad puramente logística. Había que servir muchas raciones, deprisa y en un espacio reducido. Bocadillos, hamburguesas, perritos, pizza y patatas resolvían el problema sin mayores aspavientos.
Ese modelo no ha desaparecido, ni debería hacerlo. La street food sigue funcionando especialmente bien en un festival porque permite comer de pie, compartir, moverse y volver rápidamente a un concierto. Lo que ha cambiado es lo que se espera de ella. Ahora la comida también tiene que diferenciar al evento. Puede hacerlo recuperando una receta de otro país, utilizando un horno de leña, trabajando con productores cercanos, ofreciendo opciones adaptadas a diferentes dietas o llevando a un cocinero a preparar un plato delante del público.
Hasta los formatos más sencillos pueden tener una historia detrás. Una hamburguesa deja de ser únicamente una hamburguesa cuando el festival escoge qué carne utiliza, quién la prepara y de dónde procede. Lo mismo sucede con una pizza, un bocadillo, una cerveza artesana o un café. La diferencia entre comida de trámite y propuesta gastronómica está cada vez menos en el formato y más en el criterio.
A primera vista puede parecer que Rototom y Sonorama están haciendo cosas opuestas. Uno trae al recinto sabores de numerosos países y el otro intenta que el visitante descubra Aranda y la Ribera del Duero. Sin embargo, ambos comparten la misma ambición: convertir la comida en un elemento diferenciador. El Rototom construye su oferta sobre la diversidad cultural que ya define su cartel musical, mientras que Sonorama elige la identidad local como hilo conductor. Medina del Campo, por su parte, amplía la mirada y hace partícipes a los establecimientos de la ciudad para que la experiencia de la fiesta pase también por la mesa.
El crecimiento de la propuesta gastronómica dentro de estos eventos no significa que el público vaya a dejar de comprar una entrada por la música. La jerarquía sigue estando bastante clara en la mayoría de los casos. Lo que sí ha cambiado es la experiencia global del festival: cada vez hay más elementos compitiendo por llenar las horas que quedan entre dos conciertos. Mercados, talleres, zonas familiares, charlas, actividades deportivas, espacios de descanso y gastronomía forman parte de un ecosistema que busca ofrecer mucho más que una simple sucesión de actuaciones.
Eso permite convertir una necesidad inevitable en otra parte de la programación. El público puede descubrir cocina internacional, probar un plato que no suele encontrar en su ciudad, conocer un producto de proximidad o entrar en un establecimiento local que probablemente no habría visitado sin el festival. Y ahí está el cambio de fondo: la comida ya no aparece únicamente cuando termina un concierto y tenemos hambre. En algunos festivales empieza a tener relato, nombres propios, actividades y objetivos culturales o turísticos. La gastronomía ha dejado de ser un mero servicio para subirse al escenario y ocupar un lugar central en la experiencia colectiva.
Contenido original en https://www.abc.es/recetasderechupete/la-comida-tambien-se-sube-al-escenario-los-festivales-convierten-la-gastronomia-en-parte-del-espectaculo/174494/
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